Yo empecé a leer de forma constante muy tarde, cuando dejé mi casa para ir a hacer mis estudios a París y me encontré sin televisión y con muchas noches aburridas. Cierto, lo hice por entretenimiento, pero también porque quería conocer más del país al que había llegado, su cultura, y aprender a leer en un nuevo idioma.
Antes de eso, solo era una lectora ocasional. En toda mi vida había leído uno que otro libro, sin más. Por lo tanto, me gustaba leer de niña: adoraba el rincón de lectura de la escuela y los libros de lectura de la primaria. Pero, con los años, me alejé de los libros y me acerqué más a la televisión y al cine. Eran gustos más rápidos, accesibles y baratos que leer en un país donde no se tiene mucha costumbre de la lectura.
Así que, cuando empecé a leer, empecé con los clásicos gracias a mi profesor de francés, que me mostró a Émile Zola. Quedé tan enganchada con él que, cuando llegué a Francia, quería leer todos sus libros (20 años después y no he podido terminarlos todos… afortunadamente). Y gracias a Zola descubrí esas historias «viejas» que eran justo lo que me gustaba: una mezcla de costumbrismo, ideas revolucionarias y científicas.
Cuando amplié mis horizontes, seguí por el camino de los clásicos porque me dije: si un escritor de finales del siglo XIX podía escribir eso, ¿cuántos más como él no podían existir? Así que seguí buscando, sobre todo entre escritores franceses de los siglos XIX y XX (solo hombres). Y entonces conocí a Mr. J., que, como buen francés, tenía un gran conocimiento de literatura. Empezó a hablarme de otros autores y me regaló muchos libros.
Entre más autores descubría, más sentía que tenía un retraso muy grande en literatura clásica. Cada libro era una nueva ventana maravillosa y yo solo quería abrir más y más, hasta que me di cuenta de que solo leía hombres.
Desgraciadamente, en los clásicos, las mujeres no están muy representadas. Existen, cierto, pero no son ellas en quienes pensamos cuando buscamos una mujer escritora.
Así que empecé a leer literatura contemporánea escrita por mujeres, de la cual no estaba muy satisfecha. Ellas no me hacían sentir lo que Zola había provocado en mí.
Lo bueno es que decidí leer a Jane Austen.
Digo «decidí» porque, para mí, sus historias eran historias de «buenas mujeres» en el hogar buscando marido. Había adorado las películas hechas a partir de sus historias, pero ¿qué podían ofrecerme sus libros frente a Tolstói o Dickens? Así que durante mucho tiempo la dejé a un lado.
Hasta que me dije: ¿qué importa si me gustan las historias de «buenas mujeres»? No tengo que leer únicamente desde la perspectiva del hombre que busca trascender en la Historia. Una mujer que consigue trascender a través de su escritura en el siglo XVIII ya es un gran logro.
¡Y adoré a Jane Austen!
Ella sentó las bases de lo que me gusta leer ahora. Y no, no son historias de «buenas mujeres». Son historias de mujeres que han luchado por ser publicadas y porque sus voces sean escuchadas en la Historia.
Así que, con la lectura de mujeres, me acerqué aún más a la literatura contemporánea y, con ella, a las redes sociales (YouTube e Instagram) para conocer nuevas escritoras, porque no era muy fácil encontrar sugerencias en las librerías.
Y con ello también descubrí la presión por leer mucho, porque en ese mundo se da privilegio a cuántos libros compras y a cuánto has leído. Y, por más que quiera negarlo, yo también formé parte de ese mundo. Aunque no publicara nada, me sentí presionada.
Por eso privilegiaba las historias cortas o más fáciles de leer, para tener más páginas leídas por mes. Eso hizo que me alejara de los clásicos, que la mayor parte del tiempo demandan más tiempo y concentración para leerlos.
Gracias a que Zuckerberg se volvió masculinista y apoyó a Trump, dejé Instagram. Los YouTubers que seguía envejecieron como yo y ya no hacen mucho contenido. Así que, desde hace algunos años, simplemente leo lo que quiero, lo que Mr. J. me regala de acuerdo con mis ganas de profundizar en ciertos temas.
Pero creo que guardé esa presión de leer mucho. Esa necesidad de poder decir: «Yo soy mejor que tú porque yo leo más».
Y así llegamos a estos días, cuando Jeremías me regaló La Odisea de Penélope, escrita por Margaret Atwood, aprovechando que la película de La Odisea iba a salir en el cine y que tenemos muchas ganas de verla.
Yo nunca quise leer La Odisea. Mr. J. la leyó y me insistió durante muchos años para que lo hiciera, pero nunca lo escuché. Me daba mucha pereza. Para mí eran historias de hombres, hablando de hombres y de sus ganas de hacer la guerra… Así de reductora era mi idea.
Pero, al empezar a leer el prefacio de La Odisea de Penélope, había personajes y situaciones que no entendía.
¡Porque nunca leí La Odisea!
Y me quedé pensando: ¿no me estaré perdiendo de algo?
Así que, después de discutir con Mr. J. y de ver cómo le brillaban los ojos al hablar de ella, me dije: creo que sí me estoy perdiendo de algo. Y decidí darle una oportunidad antes de poder leer el libro de Margaret Atwood.
Lo triste fue cuando me dijo que, para leer La Odisea, lo mejor era comenzar por La Ilíada.
Imagínense mi cara al descubrir que, para leer a Margaret Atwood, sería bueno leer La Ilíada y La Odisea.
Me quedé pensando si atacarlos o no. Me metí a bañar y pensé justamente que, si los leía, me iba a atrasar en mis lecturas y terminaría leyendo menos que el año anterior.
Pero también recordé cuánto amé leer clásicos. Recordé cómo esos primeros libros que leí siguen siendo mis favoritos a pesar de los años. Y cómo algunos de los libros que más me ha costado leer —El tambor de hojalata, de Günter Grass, o El maestro y Margarita, de Bulgákov— se encuentran entre mis libros favoritos de todos los tiempos.
Y quizás sea porque me costó llegar al final.
Porque pasé mucho tiempo en Wikipedia intentando entender todo el contexto. Porque escuché podcasts sobre los libros o sobre sus autores. Porque necesité que alguien me ayudara a entenderlos.
Es decir, simplemente porque de verdad leí por el placer de entrar en una historia y no solo por el placer de leer historias.
Y creo que eso solo lo puede hacer un clásico.
Porque leerlos es sumergirse en otro espacio y otro tiempo, y comprometerse con ello. Es aceptar que no siempre vas a entenderlo todo de inmediato. Que quizá necesitarás investigar, detenerte, volver atrás, escuchar a alguien hablar sobre el libro o simplemente dejar que la historia madure dentro de ti.
Así que aquí estoy, leyendo La Ilíada, con miles de páginas de Wikipedia abiertas, vídeos de Arte que me explican a Homero y su contexto religioso e histórico. Leyendo en voz alta en el metro y mientras camino.
Porque quiero leer La Ilíada conscientemente, sin importar cuánto tiempo me pueda tomar. Espero salir triunfante.
Nos seguimos leyendo