Como espuma de mar

Esta vez no ha pasado mucho tiempo desde mi último post… Voy mejorando.

En estas semanas, una nueva ola de calor nos atacó, pero tuvimos la suerte de estar en la playa, donde el mar y la brisa nos salvaron de morir rostizados o deprimidos. Sin embargo, éramos muy conscientes de lo que estaba pasando, porque la mitad de Francia (y de Europa) se estaba quemando. Vivimos esos días entre las actividades vacacionales y un pincement de cœur al seguir la actualidad de los incendios y de las personas desplazadas. Y, por qué no decirlo, hasta con un cierto sentimiento de culpa por estar disfrutando en medio de una situación ecológica sin precedentes.

Pero, al final, la vida no es más que un mar de incongruencias y de egoísmo. Porque estos días no solo estuvieron marcados por los incendios; también, a nivel personal, fue difícil convivir con emociones tan opuestas como la tristeza y la felicidad.

Mlle M, mi mejor amiga, perdió a alguien a quien quería mucho, y me dio muchísima tristeza no poder estar con ella a causa de la distancia. Mientras hablábamos, yo estaba sentada al borde de la piscina comiendo un helado… Difícil que la conciencia no entre en conflicto. También estuvimos invitados a la boda de un amigo de Mr J, cuyo gran amigo era enterrado el mismo día de su boda. No sé cómo vivió él esa situación, pero yo pensé mucho en el difunto, en el tiempo que lo conocimos y en todo lo que vivimos juntos. Todo eso mientras escuchaba el karaoke de la boda.

Quizás la razón la tenga Robin Hood (el de Disney, para dejarlo claro): «El muerto al pozo y el vivo al gozo». ¿Será que esta manera de ver las cosas nos ha llevado a donde estamos como sociedad o simplemente hay que seguir adelante porque la vida es así?

Me estoy acercando a los 50 años. Creo que cada vez me haré más este tipo de preguntas.

Y dentro de esa marea de emociones, reencontramos en la boda a unos amigos a quienes hacía al menos diez años que no veíamos. Nos dio muchísima alegría. Echamos chisme, reímos, fuimos a la playa y compartimos una cena al borde del mar, en una guinguette perdida en medio de la nada que me recordó muchísimo a las fonditas mexicanas que parecen no valer nada, pero donde se come de maravilla. Todo en un ambiente relajado y de amistad. Ver caer el sol, escuchar las risas de los amigos, con el sonido de las olas de fondo… Va a ser, sin duda, uno de los mejores recuerdos de estas vacaciones.

Eso y… ¡la playa!

Ya sé que no soy fan del calor, ni de la arena, ni del agua salada… en realidad, de la playa en general. Pero esta vez disfruté muchísimo caminar a la orilla del mar, con el agua golpeando los pies, que se hunden y dejan su huella en la arena hasta que llega la siguiente ola. El mar estaba transparente y, aunque no muy caliente, estaba delicioso.

 

Vincent Van Gogh Bateaux de pêche aux Saintes-Maries, huile sur toile (https://fr.wikipedia.org/wiki/Van_Gogh_aux_Saintes-Maries_de_la_Mer)

Como dice Mr J: «¡Tu mamá no lo creería!».

Pasamos un día magnífico: pícnic, helados, juegos, paseos y lectura.

Porque sí, logré leer mucho. Al final, de los nueve libros que llevé (eran nueve y no ocho, como había creído), terminé siete. ¡Nada mal! Todos eran de temas ligeros, perfectos para las vacaciones. Mis lecturas me mecieron entre el amor, la amistad, la muerte y los libros, como las olas del mar. Y hasta encontré personalidades intrigantes, inquietantes y entrañables.

Pero bueno, las vacaciones terminaron para nosotros y ya estamos de regreso en casa y en el trabajo. Al final pasamos tres semanas maravillosas. Disfrutamos tanto que regresamos tristes por partir, agradecidos por cada momento y preparados para volver a la rutina.

Lo bueno de trabajar en agosto es que todo está más tranquilo, hay menos gente y queda tiempo para otras cosas… como escribir un post. :)

Nos seguimos leyendo.