Un otoño de revuelta y frustración

El otoño ha llegado finalmente: llueve, hace frío y los árboles comienzan a perder sus hojas. El olor a frío recorre las calles y la calefacción empieza a encenderse en los hogares. Las luces se encienden más temprano y, al mirar por las ventanas, nos imaginamos que vivimos en un mundo acogedor.

Sin embargo, lo que nos venden las redes sociales —los cinnamon rolls, las bebidas a base de calabaza, la mantita y las películas de otoño— está más lejos de la realidad que nunca. Porque ver el mundo a través de las redes sociales nunca había estado tan lejos de la realidad como ahora.

Todo empezó a cambiar cuando los últimos días de este verano eterno llegaban a su fin. Con los últimos días de sol, los jóvenes se despertaron y comenzaron a exigir lo que es un derecho: una educación de calidad. Mejores condiciones de estudio, escuelas salubres y bien equipadas, profesores bien pagados y suficientes para cubrir las necesidades educativas, clases menos numerosas y, sobre todo, la esperanza de un futuro profesional. Es decir, nada que parezca increíble.

Ilya Repine (1844–1930), Manifestation du 17 octobre 1905, 1907, retouché en 1911. https://fr.wikipedia.org/wiki/Manifestation_du_17_octobre_1905

Y creo que, con este movimiento, yo también desperté de mis sueños, en los que veía a la «Gen Z» como una banda de flojos, pegados a sus teléfonos y que no quieren trabajar. En realidad, desgraciadamente para ellos, viven una época de mucha angustia. Son conscientes de que el planeta Tierra está ardiendo y de que no se hace gran cosa para evitarlo; de que los estudios no sirven de mucho porque no hay empleo. Además, muchos puestos de trabajo están amenazados por el desarrollo de la inteligencia artificial. Todo cuesta más caro y viven en un mundo en el que los gobiernos fascistas crecen en cada rincón de la Tierra, donde la guerra parece ser la única solución. En resumen, su futuro está negro.

Creo que el coraje y la decepción de los jóvenes deberían ser aún mayores que los que vemos en las manifestaciones. Un verdadero cambio es necesario para ellos y para su futuro. Por eso, me siento muy orgullosa de verlos organizarse, manifestarse, gritar y exigir. Y no solo en Francia: el movimiento de la Gen Z lleva algún tiempo gestándose y empieza a expandirse más allá de las fronteras francesas. Tanto es mi preocupación como mi orgullo por ellos que, el 17 de octubre, Mr. J y yo también decidimos manifestarnos.

Creo que las noticias han hablado mucho de ese día, pero por las razones equivocadas. Es cierto que hubo saqueos y violencia, pero también hubo miles de personas que recorrimos las calles exigiendo ser escuchadas y que, sin embargo, seguimos sin serlo. Peor aún, a causa de la violencia, la extrema derecha va a crecer y los discursos racistas van a aumentar —porque, como bien sabemos, todo se reduce al problema de la inmigración—. El dinero, si es que lo encuentran, terminará en manos del Ministerio del Interior porque, al parecer, no estaban preparados.

¿Y los jóvenes? Pues seguirán esperando, porque no son una prioridad, porque, al parecer, el futuro tampoco lo es para los gobiernos.

Por ahora, llevamos tres semanas en la universidad y creo que nuestra vida laboral ha dado un vuelco. Hay bloqueos en las entradas y los estudiantes no tienen clases. La universidad cierra y, a veces, no podemos entrar. ¿Es esta la solución? No lo sé. Pero sí sé que impedir que se siga enseñando no mejora las cosas. Además, todos los que trabajamos en investigación, especialmente los doctorandos y los investigadores posdoctorales, vemos cómo nuestros proyectos se detienen mientras el tiempo sigue corriendo.

Estamos reviviendo, en el microcosmos de la universidad, aquellos días de la COVID-19. Intentamos continuar y afrontar el día a día tal y como venga.

Así que, para mí, este otoño tan esperado se ha convertido en un otoño de revuelta y frustración. Un otoño que estamos sufriendo y para el que no se vislumbra ninguna solución. Al menos, al gobierno parece no importarle.

Nos seguimos leyendo.